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8 January 2006 - ח' טבת תשס"ו

Disyuntivas mortales

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Pocos entendieron mejor que Ariel Sharon el significado del viejo principio romano de si vis pacem, para bellum, o sea, si quieres la paz sería mejor que te prepararas para la guerra. El ya con toda seguridad ex primer ministro israelí tuvo que entenderlo porque de todos los pueblos del mundo el israelí es el más amenazado puesto que su país está rodeado de enemigos despiadados que no disimulan su deseo de borrarlo de la faz de la tierra.

De tener la oportunidad lo harían con ferocidad hitleriana, razón por la que sus líderes no tienen otra alternativa que hacer cuanto resulte necesario para que continúe siendo una gran potencia militar regional.
Fuera de Israel, pocos están dispuestos a reconocer esta realidad. Los más prefieren creer que si un gobierno israelí tuviera la sabiduría necesaria para apostar a la paz, abriendo sus fronteras y desmantelando el muro que construyó para mantener afuera a las bombas humanas, tanto los judíos como los árabes podrían convivir en armonía. Se trata de una variante peligrosa del viejo sueño pacifista que se inspira en la ilusión de que en el fondo lo que todos añoran es una vida tranquila sin violencia, pero por desgracia nuestro género no es así. Puede que en los países occidentales opulentos escaseen los tentados a emprender guerras de conquista y a reclamar la destrucción física de quienes no son como ellos, pero en el resto del planeta centenares de miles, acaso millones de personas siguen aferrándose a los mismos valores beligerantes que entusiasmaron a nuestros antepasados, de ahí las matanzas frecuentes en Africa que, demás está decirlo, se reeditarían en Israel si su gobierno perpetrara el error horrendo de bajar la guardia.
Durante buena parte de su carrera, Sharon fue considerado una especie de halcón, un nacionalista fanático intransigente que no quería saber nada de paz. Así las cosas, es un tanto extraño que, al difundirse la noticia de que sufrió un derrame cerebral acompañado por una hemorragia masiva que lo sacaría del escenario político, casi todos hayan coincidido en que las perspectivas de un arreglo pacífico del conflicto entre Israel y el mundo musulmán acababa de experimentar un revés catastrófico.
En una situación como la que vive Israel, es fundamental que el gobierno sea a un tiempo pragmático y lo bastante firme como para reaccionar con energía toda vez que su país reciba un ataque. En el que sería su año final, la imagen de Sharon dejó de ser la de un halcón irreflexivo para metamorfosearse en la de una paloma merced a su decisión de evacuar los asentamientos judíos en Gaza y en ciertos lugares de Cisjordania. No es que Sharon optara por el pacifismo sino que, como buen militar y político astuto, comprendió que los costos de mantener los asentamientos eran excesivos y que una retirada táctica le supondría el aplauso de por lo menos algunos europeos y norteamericanos cuya hostilidad hacia Israel se hacía patológica. En el corto plazo, ganó la apuesta, pero perdió el apoyo de “la derecha” israelí que cree que sus enemigos mortales tomarían cualquier concesión territorial por evidencia de debilidad.
De estos enemigos, el más temible es el régimen iraní actual, cuyo líder, Mahmud Ahmadinejad, no ha titubeado en proclamar al mundo su voluntad de terminar con la existencia de Israel y está haciendo un gran esfuerzo por conseguir cuanto antes los medios nucleares que le permitirían lograrlo. Sharon, consciente de que si Israel atacara a Irán antes de ser blanco de una ofensiva atómica se vería transformado en un estado paria, eligió confiar en que las presiones diplomáticas norteamericanas y europeas resultarían suficientes como para eliminar aquel peligro, pero parecería que en esta ocasión se equivocaba, a menos que uno considere el aislamiento peor que la destrucción total.
Sin el hombre que en los años últimos dominó la política nacional y desempeñó un papel clave en la internacional, a Israel le esperan meses de incertidumbre justo cuando crece día a día una amenaza a su existencia misma. No puede darse el lujo de parecer débil porque en tal caso se multiplicarían los ataques terroristas y se envalentonarían aún más los furibundos religiosos iraníes, pero tampoco le convendría correr riesgos innecesarios que afectarían a sus vínculos con Estados Unidos que, por su parte, no quiere verse involucrado en más problemas en el siempre convulsivo Medio Oriente. Los dilemas que enfrentan los líderes israelíes son atroces y a diferencia de sus homólogos de otros países no podrán soslayarlos luego de convencerse de que en verdad no son tan graves como a primera vista parecen. De los líderes disponibles, sólo Sharon contaba con la reputación de ser muy duro sin por eso ser un irresponsable que, para sorpresa de muchos, lo hacía indispensable para el “proceso de paz” que, se suponía, reduciría al mínimo la posibilidad de que el Medio Oriente sea el teatro de la próxima guerra atómica.
A juicio de la mayoría de los europeos, quienes plantean la peor amenaza a la paz mundial no son los islamistas árabes, los iraníes o los norcoreanos sino los israelíes, seguidos por los norteamericanos. Tal actitud puede entenderse. Por antipáticos que sean a juicio de los demás occidentales, israelíes y norteamericanos pertenecen a la misma civilización y se puede comprender su forma de pensar. En cambio, los islamistas y los norcoreanos son muy distintos. Aunque no permiten dudas en cuanto a sus intencione, es fácil negarse a tomarlos en serio cuando hablan de aniquilar a judíos y destruir Estados Unidos al atribuir sus palabras a tradiciones retóricas que nos son ajenas. Claro, algo similar sucedió cuando Adolf Hitler informaba a los demás europeos que en cuanto pudiera los mataría o esclavizaría. ¿Quién en sus cabales creerían que fuera capaz de hacer lo que se proponía?
Por supuesto que Israel ha reaccionado con vigor contra los grupos que, apoyados por una proporción importante de los musulmanes, tratan de sembrar el terror en sus ciudades, pero en circunstancias parecidas casi cualquier otro país actuaría de modo mucho más contundente. Sin embargo, pese a que la lucha de Rusia contra los chechenos o la de los chinos en Tibet y las zonas con población musulmana de su país son decididamente más cruentas que la librada por Israel contra los irredentistas y yihadistas árabes, en Europa el blanco favorito de la ira no sólo de los militantes de la izquierda sino también de los bien pensantes que se creen moderados es, por un margen muy amplio, el Estado de Israel.
Además de ser un síntoma de la recrudescencia del antisemitismo europeo, el odio visceral que tales personas sienten hacia Israel es también un producto del miedo. Ya que en opinión de esta gente Israel es la fuente de los peores problemas actuales, suponen que su eventual liquidación haría del mundo un lugar mucho más agradable. Así, pues, toda vez que surgen nuevos conflictos protagonizados por musulmanes, como los atentados de Londres y los disturbios que durante semanas convirtieron a los arrabales de París en algo parecido a una zona de guerra, se intensifica la tentación de intentar aplacarlos haciendo de Israel un chivo expiatorio.
Huelga decir que el hecho de que Israel sea una democracia de facciones occidentales no lo ayuda en absoluto a congraciarse con los europeos. Por el contrario, la conciencia de que la mayoría de los israelíes tiene mucho más en común con los franceses, británicos, italianos, alemanes y españoles que con los egipcios, sauditas, jordanos, palestinos o sirios es considerado más que suficiente como para hacer cuestionable su derecho a existir. Se trata de un corolario lógico del desprecio que sienten tantos integrantes de las elites europeas por su propia civilización, la que parecen creer la más miserable de todas, motivo por el cual cualquiera que se anima a reivindicarla, afirmando que la cree superior a las demás y que de todos modos convendría defenderla contra los resueltos a destruirla, corre el riesgo de ser denunciado ante la Justicia por racismo o por el nuevo crimen de islamofobia.

Publicado en La Mañana de Córdoba, por James Neilson.


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