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29 October 2007 - י"ז חשון תשס"ח

Volver a acercar a “los dos pueblos judíos”

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En lugar de rememorar juntos el magnicidio y su significación, izquierda y derecha en Israel se atrincheraron detrás de sus posiciones, acusándose mutuamente. Hay una oportunidad para curar esa herida.

Itzjak Rabín fue asesinado el 11 de Jeshvan, 5756, exactamente el día del fallecimiento de la matriarca Rajel según la tradición judía. Quien estaba en la Tumba de Rajel aquella noche fatídica vio a los miles que vinieron a rezar por la anulación del decreto de Oslo, parados junto a sus coches con la radio prendida, y los libros de Salmos en sus manos, rezando junto a los soldados por el bien y la recuperación de Rabín.

Por lo menos en aquellos momentos, el primer ministro asesinado era visto por la gente que vino a la Tumba de Rajel como uno de sus miembros. Cuando llegó la triste noticia de su muerte, fueron encendidas velas en su memoria. A las lágrimas por Rajel, que a lo largo de la historia del pueblo de Israel fueron identificadas con muchas catástrofes y desgracias, se les dio otra significación relevante más: “Rajel derrama un llanto especial por su hijo Rabín que no fue muerto por mano enemiga sino por la de un judío”, dijeron personalidades como Janán Porat (líder del Partido Religioso Nacional, Mafdal), y el rabino de Tekoa, Menajem Fruman. Así se sienten ellos hasta hoy.

Sólo que aquellos momentos de duelo conjunto fueron momentos de gracia muy contados. Muy rápido la izquierda se apropió del duelo por el asesinato de Rabín y lo utilizó para impulsar la política de un solo sector y la difamación del sector adversario. El Día de Recordación de Rabín se convirtió en el día de recordación de su legado. Los negadores de tal legado fueron dibujados como quienes desean e impulsan un nuevo asesinato político. Medio pueblo que quería recordar no el legado del asesinado sino el terrible asesinato y sus significaciones, tuvo dificultades para hacerlo, y prefirió sencillamente ignorar la fecha.

Varios años después del asesinato de Rabín, el escritor S. Izhar tuvo la impresión de que en Eretz Israel viven dos pueblos judíos, que hablan diferentes idiomas y reaccionan de forma diferente a los mismos acontecimientos; otros quizás generalizaron y hablaron del “israelí” frente al “judío”, sólo que hasta ahora ambos “pueblos” interpretan de otro modo el sentido del estado, el sentido de su judaísmo y el sentido de su vida cotidiana.

“Cada parte entiende de otro modo y se siente de otro modo”, distinguió Izhar, “al punto que lo que a uno le parece un logro, al otro una derrota, y lo que a uno le parece un honor, para el otro es un deshonor, y lo que entusiasma a uno deprime al otro, y casi no queda ningún puente entre ellos”.

Sólo que precisamente quiso el destino que el asesinato de Rabín fuera en la misma fecha que el fallecimiento de Rajel, y esto permite intentar reforzar dicho puente, para curar la herida. Rabín personificó en su vida la figura del “sabra” israelí. Rajel y el lugar de su tumba se volvió un lugar cargado de emociones y de contenidos judaicos. Rabín no supo demasiado sobre Rajel y el lugar de su entierro, cuando decidió entregarlo a control palestino en el marco de los Acuerdos de Oslo. Él quedó callado frente a la enorme protesta que dio la vuelta a todo el mundo judío. Sólo el llanto del anciano político jaredí Menajem Porush, que abrazó a Rabín y mojó su camisa con lágrimas, y su grito casi desesperado frente al primer ministro asesinado: “Es la ‘Mame’ Rajel”, logró el cambio en la decisión. Rabín estudió sobre Rajel; sobre el poder que se les atribuye a sus lágrimas en la tradición judía y sobre la centralidad del lugar hoy y en la vivencia del viejo ishuv, y muchos cientos de años antes, sólo a raíz de su error.

No hay nada más adecuado, por lo tanto, que la figura de Rajel y el lugar de su entierro, para intentar conectar con ellos a los opositores del legado de Rabín con sus seguidores. Los de un lado, para que internalicen, justamente allí, la significación del crimen, como lo hicieran hace 12 años; y los del otro lado, para que recuerden a Rabín en la Tumba de Rajel, y estudien su figura y el lugar de su entierro, tal como lo hizo Rabín antes de ser asesinado.

Rajel Ianaít Ben Tzvi, una de las pioneras del Movimiento Laborista, tranquilizó una vez a sus compañeros preocupados por sus ojos en lágrimas, cuando salió de la Tumba de Rajel: “No teman. Mi socialismo no ha sido dañado”. A los críticos de Rabín y a los seguidores de su legado, no les hará daño tampoco el intento de acercar nuevamente entre sí a “los dos pueblos judíos”, entre el judío y el israelí, entre la Tumba de Rajel y la Plaza Rabín.

Por Nadav Shragaí - Haaretz - Traducción: Povesham


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