23 March 2008 - ט"ז אדר ב' תשס"ח
En la guerra, como en la guerra
“El ministro de Defensa de Israel se ha convertido en un ministro de la Guerra”, escribe mi colega Guideon Levy en su artÃculo “Ministro de la Guerra” (Haaretz 16.3), y critica el desempeño de Ehud Barak, que lo ha decepcionado amargamente. Es de lamentar que Israel no sea Suiza, y que sus vecinos no sean Luxemburgo ni Lichtenstein, y que su ministro de Defensa no sea un personaje de opereta vestido con ropas coloristas, ni lleve un sombrero adornado con plumas.
En un estado que tras su creación, y desde entonces, sólo ha conocido guerras de todos los tipos, su ministro de Defensa debe ser un ministro de la Guerra, con todas las letras. No es una enojosa denominación, sino la verdadera definición del cargo. A pesar de haber firmado tratados de paz con Egipto y con Jordania, gracias a lÃderes audaces por ambas partes, Israel todavÃa está marcado como un blanco a ser liquidado. El pueblo palestino, que obtuvo de la ONU, junto con Israel, el derecho a construir su propio estado, prefirió renunciar a su logro. En lugar de vivir junto a un Israel pequeñito y fragmentado, los palestinos prefirieron luchar por todo o quedarse sin nada.
Como paÃs que durante todos sus 60 años de vida ha debido vivir por las armas, Israel podÃa haberse convertido fácilmente en una dictadura militar, pero mantuvo en cambio su perfil humanista y democrático, y creció como un paÃs avanzado, admirado por amigos y enemigos por igual.
El Israel que se enamoró de los territorios que conquistó en la Guerra de los Seis DÃas, con el tiempo, con las guerras, con las acciones terroristas, y con la presión internacional, abrió algunas ventanas de buena voluntad posibilitando que se llegara a acuerdos de paz. El más dramático de todos ellos, después de la Guerra del Yom Kippur y la paz con Egipto y Jordania, fue el Acuerdo de Oslo, firmado festivamente sobre el césped de la Casa Blanca, y luego en El Cairo. Arafat entró en Gaza con honores en su limusina negra, saludando con la mano a una multitud calurosa y esperanzada. Pero en lugar de palabras de paz, el discurso inaugural del “RaÃs” (presidente) rebosaba de beligerancia contra Israel.
En el año 2000 fue el primer ministro Ehud Barak quien propuso a Arafat y al presidente Clinton en Camp David un acuerdo amplio, que incluÃa también la opción de dividir Jerusalem. “El rostro de Arafat empalideció”, escribirÃa Clinton en sus memorias. En efecto, poco tiempo después estalló la segunda Intifada. El liderazgo palestino destruyó con sus propias manos toda posibilidad de acuerdo.
Barak habla con menosprecio sobre lo asombrosamente aficionados que fueron los lÃderes de la Autoridad Palestina, “vestidos con sus trajes y con sus aromas de after-shave”, que perdieron la mitad de su pueblo a manos del Hamás en Gaza. No estamos peleados con los palestinos de Gaza, dice Barak, sino con aquellos que expulsaron, exterminaron y doblegaron a 17 mil hombres armados de la AP, con aquellos que lanzan misiles hacia el territorio israelà desde hace ya 7 años. No por casualidad Ariel Sharón insistió en que la primera fase de la Hoja de Ruta fuese el cese del terrorismo y el desmantelamiento de las organizaciones que lo practican, pero él mismo evacuó Gush Katif en la Franja de Gaza sin condición alguna.
Hamás, influido por el fortalecimiento del fundamentalismo islámico que se extiende como una epidemia, por la amenaza iranà de que Israel será exterminado dentro de poco tiempo, por su ayuda al terrorismo y, sobre todo, por haber quedado expuesto el Talón de Aquiles del paÃs, su retaguardia civil, en la Segunda Guerra del LÃbano, amenaza con pertrecharse con misiles de largo alcance que lleguen hasta el centro del paÃs.
Barak ha desmentido que exista cualquier acuerdo entre Hamás e Israel sobre un alto el fuego recÃproco. Ha existido aquà una iniciativa externa (en particular de Egipto) de que Hamás cese los lanzamientos de Kassam contra Israel. Si no disparan, Israel no reaccionará. Pero Israel no se comprometió a cesar su lucha contra el terrorismo en la Margen Occidental, por temor a que el Hamás se apodere también de ella, y derribe lo que queda de liderazgo cuerdo, pero débil, en el gobierno de la AP.
Siete años de lanzamiento de misiles Kassam contra una población civil es una situación que un paÃs no puede aceptar. La Jihad justificó sus lanzamientos diciendo que eran una reacción a la liquidación selectiva de cuatro asesinos en Belén. Paren las liquidaciones y nosotros cesaremos los misiles, dice la Jihad. Pero esta ecuación, sea resultado de un acuerdo o no, no es ni puede ser aceptable por Israel. No debemos resignarnos a un equilibrio de disuasión que impida a Israel luchar contra el terrorismo pero que permita el disparo de misiles contra Israel.
El primer compromiso del gobierno es con sus ciudadanos. No puede haber pacifismo cuando la sangre sigue derramándose. La creación de una relación entre lo que ocurre en Gaza y lo que ocurre en Judea y Samaria será una invitación a un atentado dentro de Israel desde la Margen Occidental. Ehud Barak no habla de la necesidad de una “definición” en Gaza, como lo exige de modo populista Benjamin Netanyahu. Todo lo que quiere Barak es poner fin al lanzamiento de misiles Kassam desde Gaza. No se apresura a un “gran operativo” en Gaza, pero si hace falta para ello tomar el control del territorio, “no temeremos hacerlo”. Entonces, en la guerra como en la guerra, y además, tenemos un ministro de la Guerra.
Yoel Marcus - Haaretz
Povesham
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