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25 August 2008 - כ"ד אב תשס"ח

El Museo Judío de San Francisco es una usina del siglo XIX con un prisma metálico inspirado en la palabra hebrea “vida”

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En pleno centro de San Francisco se alza desafiante una nueva y poderosa estructura de acero azulado que emerge desde el corazón de un edificio de ladrillo visto.
Rodeada por comercios e inserta entre un hotel y una iglesia, hasta ahora, la ex planta eléctrica de Jessie Street era un edificio abandonado que lucía sus arcos y ornamentaciones románicas con desdén.
Ahora, el histórico edificio, considerado una gema de la arquitectura de la Costa Oeste, está atravesado por el nuevo y llamativo prisma metálico y promete convertirse en un verdadero centro cultural. Inaugurada el 8 de junio pasado, la transformación fue diseñada por el arquitecto Daniel Libeskind e hizo de la usina el nuevo hogar del Museo Judío Contemporáneo.

El Museo, que se levanta cerca del Museum of Modern Art de Mario Botta, es el más grande dedicado a destacar la historia y el quehacer cultural de la comunidad judía que cuenta hoy con una población de 200 mil habitantes.
Según información de la Sociedad Genealógica Judía del Area de la Bahía de San Francisco, los primeros colonos judíos llegaron con la fiebre del oro. Según informa esta Sociedad, en aquella atmósfera se desarrolló un estilo particular de judaísmo norteamericano, caracterizado por una concepción del judaísmo como identidad cultural más que como religión.
En 1998, la institución del museo escogió al arquitecto Daniel Libeskind para que proyectara su nueva casa. La propuesta tenía que respetar una premisa: reutilizar y adaptar la imagen de la usina Jessie Street, construida en 1881 y posteriormente remodelada por Willis Polk en 1907. En su trabajo, Libeskind buscó también reflejar la misión del museo, la de ser un centro de reunión para toda la gente, sin importar su procedencia, con el fin de celebrar la cultura judía a través de compartir experiencias con la historia, las artes e ideas en el contexto de las perspectivas del siglo XXI.
El diseño de Libeskind, cuya construcción alcanzó los 48 millones de dólares, cumple con ambos cometidos al combinar la historia de un edificio de los primeros años del siglo XX con el dinamismo de la nueva arquitectura. El nuevo espacio, de 63.000 metros cuadrados, conjuga varios de los caracteres definitorios de la usina original, como la fachada sur en ladrillo visto y las claraboyas; con espacios desnudos y contemporáneos, en una integración de estilos arquitectónicos que intenta reflejar una conexión entre tradición e innovación.
Según su autor, el visitante no permanecerá ajeno a la reconfiguración espacial del nuevo edificio, sino que podrá experimentarla; y la historia, así, no llegará a un final sino que se abrirá al futuro. De hecho, la apertura del nuevo Museo implicó que por primera vez, en sus 100 años de historia se permitiera el acceso del público en el edificio de la ex Planta Jessie Street.

Por la vida

Lo interesante del nuevo conjunto es que en él se materializan varias referencias simbólicas a la tradición judía. Para proyectarlo, Libeskind se inspiró en la frase en idioma hebreo “Le chaim” (por la vida). En esta dirección, diseñó la volumetría del nuevo Museo imitando la estructura simbólica de “Jet” y “Iud”, las dos letras hebreas que componen la palabra hebrea “Jai” (vida). Basándose en ellas generó una estructura metálica, un prisma que sobresale del nivel de la cubierta del edificio de la vieja usina, y lo recorre longitudinalmente para terminar yuxtaponiéndose con otro cuerpo en una de las esquinas. Este partido logra que, desde el exterior, esta estructura llame la atención por su aspecto único. Y también por su piel: un manto metálico compuesto por paneles de acero en color azul vibrante, que cambia de color según el momento del día y el clima.
Como fundamento de su decisión, el arquitecto explica que en la tradición judía las letras no son meros signos sino partícipes sustanciales de la historia que crean. Así, el edificio proyectado representa “la penetración” de Jai/vida dentro del Talmud, obra monumental que recoge las discusiones rabínicas sobre leyes judías, tradiciones, costumbres, leyendas e historias, y que se caracteriza por motivar una multiplicidad de interpretaciones. En el espacio generado, ningún lugar del museo está desconectado del todo. También el museo, según Libeskind, es una estructura orgánica de espacio y función. “Una matriz que le pide a cada visitante ser interpretada”.
Con más de 10.000 m2 de espacio para exhibiciones y una sala multipropósito, la nueva sede incrementa notablemente la capacidad funcional del museo, en relación al espacio que tenía en su anterior casa, la Federación de la Comunidad Judía.

Programa

Los visitantes acceden a través de la entrada original de la vieja usina, coronada por un arco. Desde ese acceso, toda la planta baja (con su lobby, restaurante, café y negocio) se revela en una vista dramática, iluminada desde los lucernarios existentes. En el centro de este espacio se acomoda el centro educacional, pensado para programas educativos en conjunto con las exhibiciones. Completan este nivel la galería para exhibiciones y el auditorio.
Desde el lobby, una escalera conduce al segundo piso, ocupado por otra sala de exposiciones y por la galería para eventos especiales, el espacio más lúdico del edificio. El lugar es una estructura asimétrica y angular, de paredes blancas, en la cual los destellos del sol penetran por 36 ventanas talladas en forma de diamante, y hacen que las dimensiones del recinto se desdibujen.
En la muestra inaugural, llamada “Being Jewish: A Bay Area Portrait” (Ser judío: un retrato de la Zona de la Bahía), el Museo rinde homenaje a su comunidad. Se exhiben fotografías de judíos de diferentes procedencias, edades y grados de observancia religiosa. En cuanto a los objetos, todos están asociados con la vida judía en su contexto local. Entre ellos, una kipá contemporánea de algodón Levi-Strauss (Levi Strauss fue el judío que inició, en San Francisco, el imperio de los mundialmente conocidos jeans y llegó a convertirse en un filántropo), un contrato matrimonial judío para una pareja de lesbianas y el programa de una manifestación de protesta de 1943, llamado “El exterminio nazi de judíos y otras minorías”, en el que figuran Thomas Mann, Isaac Stern y Eddie Cantor.
Para Libeskind, el “discurso de formas” del nuevo Museo reunirá al público judío y no judío con la imagen de una nueva y emergente identidad judío-americana. Asegura que sus espacios y los programas hurgarán en las profundidades del espíritu judío y celebrarán el descubrimiento y la relevancia de esa cultura, abierta para todos.

Daniel Moya - Clarín


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