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08/02/2010: Informamos a nuestros lectores, que retomaremos nuestra tarea informativa a mediados de Marzo de 2010, a menos que la actualidad nos obligue a adelantar el regreso.
01/06/2009

El campo (antisionista) de “los hechos no importan”

 

Durante el pasado año, Antony Lerman ha publicado un cierto número de artículos defendiendo los puntos de vista antisionistas de la acusación de que a menudo sirven de cobertura al antisemitismo. Si sus artículos incluyen alguna información biográfica, Lerman suele presentarse como (ex) director del Institute for Jewish Policy de Londres, y también se describe como un “importante pensador judío”.

Por supuesto, cualquier persona que escribe “como judío” [N.P.: alusión a una coletilla muy común en estos "pensadores judíos" antisionistas que, de forma casi exclusiva, “recuperan o hacen alarde” de su condición o identidad judía para criticar a Israel, es decir, sólo se sienten judíos cuando atacan a Israel], y cuyo espíritu se centra en los supuestos males de Israel y del sionismo, puede contar con tener una gran audiencia que lo aprecie y que este hambrienta de este mensaje, sobre todo si se añaden regularmente quejas acerca de lo injusto que resulta que a estas personas se las considera sospechosas de antisemitismo, y “todo ello simplemente porque sienten que el mundo sería un lugar mejor si Israel no existiera”.

En una de sus últimos textos, Lerman trata de la política y la paz con el argumento de que hay algo “surrealista” en el debate sobre si el conflicto israelí-palestino debe resolverse mediante el establecimiento de dos estados para dos pueblos o mediante un estado binacional. Él cree que “Israel-Palestina ya es de facto un Estado único”, pero afirma que realiza esta afirmación sólo para “concentrar el pensamiento de todo el mundo en el logro de un acuerdo de dos Estados”. Sin embargo, y al mismo tiempo, indica que él mismo espera “una posible evolución hacia una versión federal” de un único Estado binacional “como forma de garantizar los derechos humanos de los israelíes y los palestinos a largo plazo”.

Retomando el tema, Lerman sostiene que “el control israelí de la superficie del estado pre-1967, y de Cisjordania y Gaza” ha creado un “estado de intolerancia” en el que Israel niega a los palestinos sus derechos humanos. Con el argumento de que Israel controla un territorio a partir del cual tan solo en el año pasado se han lanzado unos 3.000 cohetes y morteros contra ciudades y pueblos israelíes, Lerman se posiciona de lleno dentro del campo “Los hechos no importan”. Se trata por supuesto de la forma en que él lo ve: así dedica mucho espacio y atención a la presentación de pruebas acerca “del cerco y la superposición de formas de control y restricción creadas por Israel”, pero lo que él no menciona es que muchas de estas medidas se deben a unas legítimas preocupaciones de seguridad por parte israelí.

Pero para el campo de “Los hechos no importan”, simplemente, no puede existir una amenaza para la seguridad de Israel: Ahmadinejad sólo se dedica a parlotear y de todos modos se le traduce erróneamente; el antisemitismo en el mundo árabe y musulmán no existe realmente y cada vez que se hace demasiado evidente para negarlo sólo se trata de una reacción totalmente comprensible contra Israel; Hamás no desea realmente lo que asegura su Carta fundacional, y si lo desea, sólo se trataría de nostalgia por esos viejos tiempos, sin Israel, y por ello un sentimiento muy humano; los miles de cohetes y morteros dirigidos contra los civiles israelíes solo son pirotecnia casera destinada a volver visible, y comprensible, su frustración; y no hay tal cosa como un terrorismo palestino, porque resulta legítima la resistencia de los palestinos contra una ocupación cruel e inhumana.

Ya sea explícita o implícitamente, la premisa es que siempre se trataría de una amenaza a la cual Israel podría hacer perfectamente frente. Bueno, si lo piensan, hay una verdad profunda en todo ello: si Israel no existiera, no se enfrentaría a esas amenazas…

Pero si bien puede ser tentador ridiculizar al campo de “Los hechos no importan”, es conveniente reflexionar acerca de esta línea de argumentación que se reduce al “todo es culpa de Israel”. Por lo que puedo deducir, conduce a una visión del conflicto en el Oriente Próximo en donde únicamente Israel tiene el poder de “obrar”, ya que todas las demás partes en el conflicto sólo se limitarían a “reaccionar” (a dicho obrar). Así pues, la referencia de que “los judíos controlan el mundo”, tan popular entre los antisemitas de todo el mundo, resulta difícil pasarla por alto.

En el texto de Lerman esto viene reflejado en su presentación del conflicto israelí-palestino, en el cual sólo ofrece a los palestinos el papel de víctimas de Israel. Para él, existe “un Estado intolerante” y deplora el resultado de la intransigencia de Israel hacia los palestinos. Lo que no es óbice para que Lerman ignore, convenientemente, que los palestinos han reconocido que la solución de dos Estados es un concepto que no están dispuestos a aceptar. He aquí una cita que debería conocer:

“Un Estado como tal, es una adición relativamente reciente a las aspiraciones palestinas. El principal impulso de los palestinos después de 1948 [...] fue el de “retorno”, y se refiere más bien a una reversión de la pérdida de tierras y de patrimonio árabe que a la realización de la clásica y postcolonial autodeterminación a través de la estatalidad. [...] No fue hasta después de [... 1967] cuando una nueva identidad nacional palestina comenzó a tomar forma. En su núcleo estaba la noción de lucha armada como impulso galvanizador. La lucha armada, de acuerdo con Al Fatah, restauraría la dignidad de Palestina y daría a los palestinos su propia voz a la hora de determinar su futuro. La estatalidad y la construcción de un estado real no tenían lugar en este sistema. De hecho, las primeras propuestas para establecer un estado [...] fueron rechazadas como derrotistas y como una traición a la causa nacional”.

Esto está tomado de un artículo de Ahmad Samih Khalidi, un estudioso de Oxford que sirvió como asesor de la delegación palestina en las conversaciones de Madrid y Washington, durante las negociaciones de paz de 1991-1993. El título del artículo de Khalidi, “Gracias, pero no”, refleja con precisión su inequívoco rechazo a una solución de dos Estados, ya que “no ofrece la solución justa y equitativa que el pueblo palestino merece”. Sin embargo, ese mismo artículo también se publicó bajo el título “¿Por qué un Estado palestino es una construcción punitiva?”.

Cualquier persona que quisiera pensar que Khalidi sólo habla por sí mismo comete un error: hay un sinnúmero de declaraciones por parte de los palestinos que confirman la descripción histórica de Khalidi y que están de acuerdo con la opinión de que una verdadera solución de dos Estados, reflejada en la fórmula “dos estados para dos pueblos”, en suma, un Estado judío y un Estado árabe, es todo menos popular entre los palestinos. El reciente número del diario Palestina-Israel demuestra la continua ambivalencia palestina al ofrecer dos puntos de vista sobre el “derecho de retorno”.

Es un artículo escrito por un conocido activista que ha dedicado una gran parte de su vida a los esfuerzos por hacer retroceder el reloj a 1947, el texto presenta un intento de compromiso prudente, pero termina con el reconocimiento de que los palestinos todavía no han hecho la elección “entre los pragmáticos, y sus esfuerzos por lograr una solución política sobre la base de dos estados para dos pueblos, y sus oponentes, los cuales insisten en ejercer el derecho de retorno de forma absoluta”.

Obviamente, ninguna cantidad de pruebas que demuestren la resistencia palestina a aceptar realmente una verdadera solución de dos Estados lograría que los adeptos a “los hechos no importan” revisaran su visión maniquea del conflicto israelí-palestino. Sin embargo, la aparente incapacidad de Lerman para contemplar a los palestinos más que como víctimas de la intransigencia israelí, es aún más evidente por el hecho de que su más reciente texto incluye una larga pieza titulada “¿Es necesario que los judíos siempre se ven a sí mismos como víctimas?”

Es otro texto donde “los hechos no importan” demasiado, y por eso Lerman puede afirmar con confianza que es la “opinión judía” quien “no desea ser confundida por los hechos”. Tal vez le sería beneficiosa la lectura de un reciente artículo de Foreign Policy que describe la evolución de los puntos de vista del historiador israelí Benny Morris, el cual es descrito como “un hombre-microcosmos de esos otros muchos judíos sionistas de izquierda de Israel (Laboristas y Meretz) sometidos a las tensiones de la última década”. Desde luego, no tenga nada más que decir de dicha evaluación.

Por el contrario, Lerman lamenta que sus colegas judíos se encuentren atrapados en una “lacrimosa concepción de la historia judía”, la cual presenta a los judíos como a las eternas víctimas, lo que les impide darse cuenta de que el Estado judío se ha convertido en un agresor brutal cuya cruel inhumanidad inevitablemente provoca brotes de antisemitismo. Éste es, por supuesto, otro motivo central de la escuela de pensamiento de “los hechos no importan”: para ellos, el conflicto israelí-palestino se trata solamente de un gran escaparate de la lucha entre el bien y el mal, y es solamente la descripción de la víctima convertida en victimario la que les interesa.

Poca importa cuentas veces reconozcan los palestinos que, más que un Estado propio, buscan una imaginaria “justicia” antes que una solución de dos Estados que no les satisface. Todo dará igual, los adeptos a “los hechos no importan” no van a dejar por un momento sus ventiladores para reflexionar sobre si es realmente y exclusivamente la intransigencia israelí la que ha impedido la realización de la solución de dos Estados.

Pero los que como Lerman sostienen que una “solución de un único Estado” sería la mejor “manera de garantizar los derechos humanos de los israelíes y los palestinos a largo plazo”, realmente están traicionando su propio juicio, ya que los palestinos tendrían el derecho a vetar el derecho judío a su autodeterminación en Israel.

En su opinión, y en última instancia, la causa de los “derechos humanos” requiere que el estado judío - incluso en sus fronteras anteriores a 1967 - deje de existir para que surja un estado binacional. Lerman, si no estuviese tan ocupado defendiendo el antisionismo y escribiendo acerca de lo peligroso y contraproducente que es exagerar la amenaza del antisemitismo, podría tener el tiempo necesario para “explicarnos por qué no es antisemita negar a los judíos un derecho que a los demás se les anima a dar por sentado”.

Autor: Petra Marquardt-Bigman - Jerusalem Post BlogCentral
Traducción: Safed-Tzfat por Jose Antonio

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01/06/2009

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