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26/10/2009

Protestando con un premio en las manos

 


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La decisión de la municipalidad de Tel Aviv de conceder el premio Dizengoff al artista David Reeb ha provocado protestas y peticiones para que esa adjudicación sea revocada después de que Reeb haya solicitado sanciones contra Israel y firmado una petición en contra de un homenaje a la conexión cinéfila de Tel Aviv en el Festival de Cine de Toronto. Según esa petición, la conexión de Tel Aviv es la misma que la de la blanca Johannesburgo en los tiempos del apartheid.

Las protestas contra el premio a David Reeb fueron debidamente rechazadas, por supuesto. Como regla general, desde el momento en que un panel competente concede un premio por consideraciones profesionales, los intentos de revocar esa decisión por razones políticas deben ser evitados. La democracia liberal actual no sólo es tolerante, sino que incluso mima y cuida a sus críticos.

Es cierto que puede resultar irritante y un poco perverso, pero es todo un triunfo de la democracia liberal. No hay necesidad de ponerse nervioso por los abusos de parte de esos ganadores extremistas radicales, niños malcriados del sistema. La cuestión no es la razón por la cual Israel decide a veces recompensar a personas que la estigmatizan como un estado de apartheid fascista, sino más bien por qué esa mismas personas que insultan a Israel de esa manera están siempre tan dispuestos a aceptar premios y honores de tal estado. ¿Qué decir de ellos, de su integridad, honestidad y seriedad?

¿Quién ha oído hablar de algún antifascista italiano que recibiera un premio de manos de Benito Mussolini? ¿Qué podríamos decir acerca de la sinceridad y autoestima de esa persona? Los opositores del apartheid en Sudáfrica, ¿recibieron premios y honores de ese mismo gobierno? Claro que no. Y mi abuelo, que fue un anarquista revolucionario en la Rusia zarista, nunca recibió ningún premio de manos de Nicolás II por sus actividades. De hecho, no había ningún revolucionario en el comité organizador de las celebraciones por el aniversario de la dinastía Romanov en 1913.

Es evidente que esos regímenes represivos no ofrecían a sus oponentes premios y honores como los gobiernos liberales actuales. Incluso Sudáfrica, que fue menos dura con sus críticos de raza blanca, ciertamente no los mimo. La conducta del establishment israelí en este sentido atestigua la naturaleza liberal y democrática del sistema de gobierno del país.

Por supuesto, la izquierda radical nunca reconocerá este hecho. Algunos de sus partidarios ven la raíz de todo mal en el hecho de que el pueblo judío tenga un Estado propio. Por lo general, son renuentes a decir nada favorable sobre este país. Otros prefieren referirse a los males perpetrados por el gobierno. Y, de hecho, el mal del que hablan existe, en forma de ocupación y de la contribución de Israel a su perpetuación (los asentamientos).

La negativa de la izquierda radical a tratar seriamente la contribución de los palestinos a los males actuales – junto a las amenazas que encara Israel, o el mal latente en el nacionalismo árabe y en el fundamentalismo islámico -, crea una imagen de la realidad que es más mentira que verdad, pero donde resulta imposible decir que no haya algo de verdad. En tal situación, no podemos esperar que todo el mundo acepte una definición definitiva de la realidad política, ni siquiera el gobierno israelí. Sólo podemos esperar que todas las personas que adopten una determinada definición – incluyendo una radical – sean coherentes y honestos con ellos mismos.

Por lo tanto, el que quiera puede afirmar, sin fundamento en mi opinión, que una forma única y sofisticada de fascismo ha evolucionado en Israel, lo que no impide a ese mismo sistema honrar a sus denunciantes. Y de ahí proviene una pregunta fundamental: ¿por qué estos críticos o denunciantes están dispuestos a aceptar los honores de dicho sistema?

Nadie puede esperar que la gente abandone sus medios de vida – incluso un antifascista tiene que comer -, pero ¿qué pasa con los premios y los honores? Sartre rechazó el Premio Nóbel sin ni siquiera llamar fascistas a quienes se lo otorgaron. Incluso a los ojos de aquellos que afirman que el fascismo israelí es real, a pesar de su actitud liberal con sus adversarios políticos, debe quedar claro que ese antifascismo israelí es un fraude.

Autor: Alexander Yakobson – Haaretz
Traducción: José Antonio – Safed-Tzfat

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26/10/2009

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