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27/10/2010

Contra la ficción histórica. Israel no es un Estado colonialista

 


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El argumento de que Israel es una entidad colonialista es a menudo utilizado para socavar la legitimidad del Estado judío. El tema ciertamente ha calado en el mundo académico occidental, casi sin apenas crítica. Durante décadas, se ha empleado contra Israel en un foro internacional tras otro. En 1973, la Asamblea General de la ONU dio el impulso inicial a esta idea cuando condenó la “alianza impía entre el colonialismo portugués, la Sudáfrica racista y el sionismo e imperialismo israelí”.

Esa asociación de Israel con regímenes colonialistas preparaba el escenario para que en 1975 se adoptara la resolución más insidiosa jamás adoptada por la Asamblea General en contra de Israel, cuando declaró que el sionismo era una forma de racismo. Ayudó para ello el bloque afro-asiático cimentado detrás de la resolución y el movimiento para deslegitimar a Israel. Así, cuando en 1991 la Asamblea General finalmente revocó esa resolución, las comparaciones entre el sionismo y el colonialismo persistieron, y podría decirse que resultaron aún más estridentes.

Hablando en Johannesburgo en 2008, Azmi Bishara, el ex miembro de la Knesset (y huido de Israel para no hacer frente a las acusaciones de espionaje a favor de Hezbollah), demostró versión que acusar a Israel de ser una entidad colonialista tiene una verdadera utilidad política. Bishara, que hoy no se pierde una oportunidad para cuestionar la legitimidad de Israel ante cualquier público extranjero, desarrolló dos puntos para demostrar que Israel era un Estado de apartheid: primero, Israel practicaba la separación racial, y segundo, se trataba de un producto del colonialismo.

Por supuesto, cualquier persona que visita las salas de emergencia de los hospitales de Israel, o las aulas de cualquier universidad israelí, o las cabinas de votación en un día electoral, por no hablar de la propia Knesset, verá mezclados a médicos, pacientes, docentes, estudiantes, votantes, parlamentarios…, tanto judíos como árabes, de una manera tal que contradice por completo la carga del apartheid. Eso le deja a Bishara, para su particular negocio, únicamente con la reclamación de colonialismo.

A diferencia de la acusación de una separación racial, la etiqueta “colonialista” no puede ser refutada simplemente echando un vistazo al Israel moderno. Se trata de una acusación histórica acerca de cómo llegó a existir Israel: en efecto, equivale a la afirmación de que Israel fue establecido como un puesto avanzado de otro poder lejano que se impuso en el territorio y a sus habitantes originarios. Pero el hecho es que mientras el Israel moderno sucedió al Mandato Británico de Palestina de 1922, no fue creado ni por los británicos ni por ninguna otra potencia ocupante.

Los judíos ya estaban afirmando su derecho a la la autodeterminación mucho antes de que británicos y franceses desmantelaran el imperio otomano. Por ejemplo, el pueblo judío ya era mayoritario en Jerusalén desde 1863. Décadas más tarde, Gran Bretaña y el resto de la Liga de Naciones consideró los derechos de los judíos en Palestina más allá de su poder de otorgar esos derechos, sobre todo porque ya estaban allí para ser aceptados. Así, la Sociedad de Naciones dio reconoció “la conexión histórica del pueblo judío con Palestina”. En otras palabras, se reconocía un derecho pre-existente. Inclusive hizo un llamamiento para “reconstituir” el hogar nacional de pueblo judío. Y los derechos reconocidos por la Sociedad de Naciones en 1922 fueron preservados por su organización sucesora, las Naciones Unidas, que en el artículo 80 de su Carta reconocía todos los derechos de los Estados y pueblos existentes antes de 1945.

La acusación de que Israel tiene raíces coloniales debido a su conexión con el Mandato Británico es irónico, ya que la mayoría de los estados árabes deben sus orígenes a la entrada y el dominio de la zona por parte de las potencias europeas. Antes de la Primera Guerra Mundial, los estados árabes de Irak, Siria, Líbano y Jordania no existían, pues sólo eran distritos del Imperio Otomano con diferentes nombres. Se convirtieron en estados como resultado de la intervención europea, con la imposición británica de la familia Hachemita en el poder en dos de esos países.

Arabia Saudita y los pequeños estados del Golfo, por su parte, surgieron de los tratados que sus líderes firmaron con Gran Bretaña. Por medio de esos tratados, los británicos reconocieron la legitimidad de las familias árabes locales para gobernar lo que se convirtió en los estados de Kuwait, Bahrein y Qatar. Un tratado similar por parte británica con la familia al-Saud en 1915, sentó las bases para la aparición eventual de Arabia Saudita en 1932.

Por otra parte, durante la Guerra de Independencia de Israel, los ejércitos árabes se beneficiaron directamente de las armas y de la formación europea, e inclusive de su mano de obra. La Legión Árabe luchó inicialmente en Jerusalém con oficiales británicos, mientras que los cielos de la península egipcia del Sinaí estuvo protegido de la incipiente fuerza aérea israelí por la Royal Air Force. De hecho, aviones israelíes y británicos se enfrentaron en 1949.

William Roger Louis, uno de los historiadores más destacados de la estrategia imperial británica, descubrió un documento muy revelador del Ministerio de Asuntos Exteriores británico, y que pone en relación a Israel con la perspectiva que tenían las potencias coloniales europeas sobre su nacimiento. En su libro de 1984, “The British Empire in the Middle East, 1945-1951″, describe una reunión celebrada el 21 de julio de 1949 por los altos funcionarios británicos al final de la Guerra de la Independencia de Israel. Sir John Troutbeck, jefe de la Oficina británica en Oriente Medio, dijo lo siguiente: “Estábamos en condiciones de controlar a los gobiernos árabes pero no a Israel”. A continuación, expresó su temor de que “los israelíes pudieran arrastrar a los Estados árabes hacia un bloque neutral e incluso intentar hacernos salir de Egipto”. El documento original del Foreign Office también expresaba su preocupación de que los británicos perdieran sus bases aéreas en Irak. En 1956, Israel hizo brevemente causa común con Gran Bretaña y Francia contra el Egipto de Nasser, pero esto no podía alterar el hecho de que, para los poderes imperiales, Israel era un obstáculo, no un puesto avanzado.

Sin embargo, en los últimos años hemos comprobado como el esfuerzo para retratar a Israel como una entidad colonial se ha expandido. Para muchos portavoces de los palestinos, en particular, fue y es importante negar los lazos históricos del pueblo judío con su tierra, por lo que lo presentan como llegado recientemente a la región, en una empresa colonialista y en contraste con los palestinos, presentados como la población nativa auténtica.

Este esfuerzo llegó a su mayor auge cuando Yasser Arafat negó que ningún Templo hubiera existido alguna vez en Jerusalém, y ello a finales de julio del 2000 en la Cumbre de Camp David y ante el presidente Clinton. Muchos de sus lugartenientes, de Saeb Erekat a Mahmoud Abbas, han retomado después ese mismo tema. Hablando el 12 de noviembre de 2008 en una Asamblea General para el “Diálogo de las Religiones y las Culturas”, el primer ministro palestino, Salam Fayyad, habló de las conexiones históricas del Islam y el cristianismo con Jerusalém, pero muy notablemente no dijo una sola palabra sobre las relaciones del judaísmo con la Ciudad Santa.

En ese mismo sentido, Arafat solía decir a las audiencias occidentales que los palestinos son descendientes de los jebuseos (pueblo cananeo que controlaba Jerusalém antes de su toma por los hebreos), así pues con muy antiguas raíces sobre esta tierra. Pero dentro de la sociedad palestina, se reafirma el propio estatus social y político alegando ser un relativo recién llegado, es decir, se afirma con orgullo que sus antepasados provenían de las familias árabes que acompañaron al segundo califa Umar ibn al-Khatttab cuando conquistó y colonizó la Palestina bizantina en el siglo VII. Incluso en ese momento, los judíos eran probablemente mayoritarios, tal vez junto con los samaritanos, seiscientos años después de que los romanos destruyeron el Segundo Templo y la antigua comunidad judía. Así se desprende de la monumental obra de 800 páginas del profesor Moshe Gil, “A History of Palestine: 634-1099″.

Conocer la verdad nunca ha sido el objetivo de aquellos que tratan de pintar a Israel con un pincel colonialista. Ellos sólo se han dedicado simplemente a concluir que los judíos llegaron como una fuerza completamente ajena a Palestina para hacer avanzar los intereses europeos, en lugar de verlos como un pueblo que recuperaba su patria histórica, donde tenían profundas raíces autóctonas.

Autor: Dore Gold (Diplomático israelí. 11º Embajador de Israel en la ONU) – TNR
Traducción: Safed-Tzfat by Jose Antonio

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27/10/2010

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