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08/01/2012

Tom, Gideón, Yossi y Amira

 

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Recientemente, Tom Friedman publicó una columna titulada “Newt, Mitt, Bibi y Vladimir” en el New York Times donde se deducían dos cosas: (a) Los alegados amigos de Israel, como Newt Gingrich y Mitt Romney, están ciegos ante el hecho de que Israel se está hundiendo en la Edad Media debido a los cabeza loca de Netanyahu y Lieberman; (b) Las voces críticas de Tom Friedman y Gideon Levy son injustamente reprendidas como “anti-Israel” cuando, en realidad, son las únicas voces que hoy en día están tratando de “salvar a Israel de sí mismo”, ajenos a lo previsible y al amor ciego. También hay un mensaje subliminal en el título del artículo de Friedman: el eje del mundo del mal está compuesto por los dos principales candidatos republicanos, el primer ministro de Israel y el presidente de por vida de Rusia

Lo que provocó el artículo de Friedman fue la afirmación de Newt Gingrich de que los palestinos son un “pueblo inventado”. Friedman dice que Gingrich ha caído “aún más bajo”. Así que para Friedman decir la verdad constituye “caer más bajo” (para Hillary Clinton es simplemente “inútil”). ¿Qué ha dicho exactamente Gingrich? Que nunca hubo un país soberano llamado “Palestina”, y que los árabes que vivían en el sureste del Imperio Otomano eran conocidos como árabes y no como “palestinos”. Estos dos hechos son indiscutibles. Ahora bien, ¿fueron los palestinos “inventados”? Sí, lo fueron.

Durante el dominio otomano en Oriente Medio (de 1516 a 1918), no hubo “Palestina” sino “sanjaks” (es decir, las divisiones administrativas otomanas): el Sanjak de Acre, el Sanjak de Naplusa y el Sanjak de Jerusalén. Los árabes que vivían en esos “sanjaks” eran un grupo desconectado de tribus que tenían poco en común. No había en esos “palestinos” una cultura, idioma, religión o identidad nacional distinta de las de la nación árabe.

El término “Palestina” apareció en el siglo XX, cuando Gran Bretaña estableció su imperio sobre las ruinas del Imperio Otomano (los británicos revivieron la palabra latina “Palestina”, acuñada por los romanos para reemplazar el nombre de “Judea” con un término que hacia alusión a los filisteos, “enemigos” históricos de los judíos). Todas las personas que vivían en el Mandato Británico eran “palestinos”, incluyendo a los judíos. El actual Jerusalem Post se llamaba por entonces Palestine Post, y solamente después de la independencia de Israel la Orquesta Filarmónica de Palestina se convirtió en la Orquesta Filarmónica de Israel.

En febrero de 1919 se celebró el primer Congreso de las Asociaciones de Musulmanes y Cristianos de dicho territorio, y el objetivo de la reunión era considerar el futuro de los territorios anteriormente gobernados por el Imperio Otomano. El Congreso declaró lo siguiente: “Consideramos a Palestina como una parte de la Siria árabe, ya que nunca se ha separado de ella en ningún momento”. Líderes árabes como Auni Bey Abdul-Hadi dijeron a la British Peel Commission en 1937: “No hay ningún país llamado Palestina. ‘Palestina’ es un término inventado por los sionistas. No hay ninguna Palestina en la Biblia. Nuestro país fue durante siglos parte de Siria. ‘Palestina’ es ajena a nosotros. Fueron los sionistas los que introdujeron ese término”. El respetado erudito árabe Philip Hitti testificaba ante el Comité Anglo-Americano en 1946 que nunca hubo tal cosa como una “Palestina” en la historia.

El Comité Especial de Naciones Unidas sobre Palestina (UNSCOP) escribía en su informe de Septiembre de 1947 que el nacionalismo palestino era un fenómeno nuevo. De hecho, la UNSCOP recomendó la partición del Mandato Británico entre un Estado judío y un Estado árabe (no un “Estado palestino”). El portavoz de la OLP Ahmad Shuqeiri aseveró en 1956 ante el Consejo de Seguridad que Palestina no era más que el sur de Siria. El jefe del Departamento de Operaciones Militares de la OLP, Zuheir Muhsein, declaró el 31 de marzo de 1977: “No hay diferencias entre los jordanos, palestinos, sirios y libaneses. Todos somos parte de una nación. Es solamente por razones políticas que subrayamos cuidadosamente nuestra identidad palestina… Sí, la existencia de una identidad palestina separada solamente sirve con fines tácticos. La fundación de un Estado palestino es una nueva herramienta en el combate contra Israel”.

El “Palestinismo” es una reacción contra el sionismo. Si el movimiento sionista no hubiera existido, nadie habría oído hablar de un pueblo palestino. En 1925, por ejemplo, el nuevo Alto Comisionado Británico para Palestina, Sir Herbert Plumer, asistió a una competición deportiva en la que al final se interpretaron el “Dios salve a la Reina” y el “Hatikva”. Representantes árabes protestaron ante Plumer por la ejecución del himno nacional judío. Como Plumer estaba a favor de un status quo estricto entre judíos y árabes, se disculpó por su paso en falso y prometió que la próxima vez también se tocaría el himno árabe. En ese momento, los líderes árabes tuvieron que admitir que no existía un “himno árabe palestino”. “Entonces lo mejor es que se pongan a trabajar en uno”, les dijo Plumer.

Así es que Gingrich tiene razón. El hecho de decir la verdad sobre el Oriente Medio se ha convertido en una especie de acto de piromanía que nos enseña que el terrorismo intelectual en realidad funciona. Pero también sirve para demostrar que estos “guardianes de la verdad en el Oriente Medio” (los Tom Friedman, Gideon Levy, Yossi Beilin y Amira Hass) tienen un doble rasero.

Thomas Friedman no manifestó ninguna indignación cuando Shlomo Sand publicó su libro “La invención del pueblo judío” (ni Hillary Clinton protestó diciendo que era “inútil” reclamar que el “pueblo judío había sido inventado”). Afirmar que el pueblo palestino fue inventado supone “caer aún más bajo” y resulta “inútil”, pero afirmar lo mismo de los judíos es un acto de valentía académica.

Friedman escribió que las ovaciones en pie que recibió Netanyahu en el Congreso de EEUU en mayo de 2011 “fueron compradas y pagadas por el lobby de Israel”(una acusación por la que el representante de Nueva Jersey, Steve Rothman, exigió una disculpa). ¿Por qué entonces no escribe Friedman que el probable boicot que sufriría Netanyahu en la Universidad de Wisconsin estaría financiado por el lobby saudí? [N.P.: La Universidad de Wisconsin es uno de los núcleos principales de la izquierda académica americana, y Friedman parece considerarla más representativo de la opinión pública americana que el Congreso] ¿Por qué esta lógica sólo se aplica a Israel? Si el lobby judío es tan fuerte y tan rico, ¿por qué no ha comprado aún el apoyo de los campus universitarios en los Estados Unidos?

Al igual que Walt y Mersheimer, Friedman no puede considerar otra razón para la postura pro-israelí del Congreso de EEUU que no sea el “dinero judío”. Pero como Walt y Mersheimer, no se atrevería a decir que el discurso pro-árabe existente en las universidades estadounidenses tiene algo que ver con los millones de dólares donados por Arabia Saudita. Sólo el dinero judío es capaz de pervertir la mente estadounidense.

Por último, la descripción de Friedman de un supuesto retroceso de Israel hacia el fascismo o bien es hipócrita o bien es ignorante (o ambas). En su artículo, Friedman sólo cita el New Israel Fund, el Haaretz y el Financial Times como sus fuentes de información. Con tales fuentes tan sumamente plurales, Friedman seguramente cree conocer lo que está pasando en Israel: Gideon Levy cita a Thomas Friedman, y Thomas Friedman cita a Gideon Levy. Es el círculo vicioso de la lógica circular.

Friedman cita también al Financial Times para otorgar crédito a sus afirmaciones, pero el artículo del FTimes está lleno de hechos inexactos y de acusaciones calumniosas. En primer lugar, no existe una ley en Israel que permita excluir de las comunidades israelíes a las familias árabes. En segundo lugar, la “ley de boicot” no impone sanciones a los israelíes que defienden un boicot de los productos de los asentamientos judíos de Cisjordania. La ley sólo permite que las víctimas de esos boicots eleven una demanda civil por sus pérdidas económicas. La ley no tiene nada que ver con los asentamientos judíos: un carnicero no kosher de Tel-Aviv, por ejemplo, sería capaz ahora de demandar a un rabino que llamara al boicot de su tienda (por no ser kosher). En tercer lugar, el propósito de las recientes propuestas de reforma del proceso de nominación de los jueces es poner fin al sistema de cooptación de la Corte Suprema, el cual genera uniformidad ideológica y elimina a los jueces no progresistas de la Corte. En Israel, los jueces del Tribunal Supremo son nombrados por un comité en el que el Poder Judicial tiene derecho de veto. Una de las propuestas es permitir que la Knesset apruebe el nombramiento de jueces del Tribunal Supremo (“un control político”, exclama Friedman). En Estados Unidos, los magistrados del Tribunal Supremo son nombrados por el Presidente y aprobados por el Congreso, pero en este caso no supone ningún “control político”.

Friedman termina su artículo clamando que muchos más que unos pocos israelíes se preguntan “¿quiénes somos?” (Él ya lo sabe, se lo han dicho Gideón Levy, Yossi Beilin y Amira Hass). Me pregunto si alguna vez Tom Friedman se inquiere quién es él realmente. Yo tengo una respuesta para él: un hipócrita.

[Autor: Emanuel Navon - Traducción: Safed-Tzfat]

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08/01/2012

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